Rafa Poverello valoró Cuéntalo: 3 estrellas

Cuéntalo por Laurie Halse Anderson, Emily Carrol
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Leo de todo, desde chico, gracias a mi mami maestra que me enseñó que los libros son como un viaje sorpresa a no sabes bien dónde, pero que siempre, o casi siempre, es un disfrute. Mi hermano me odiaba, porque yo encendía la luz del dormitorio bien temprano y se chivaba diciendo que no le dejaba dormir.
Ahora escribo, lo que no quiere decir que sea escritor, y lo hago porque disfruto más aún que cuando leo.
En el #fediverso me podéis encontrar como rafapoverello@hispagatos.space
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"Hay metáforas que son más reales que la gente que anda por la calle”. “Todo hombre de hoy en quien la estatura moral y el relieve intelectual no sean de pigmeo o de paleto, ama, cuando ama, con amor romántico”. “Todo en mí es la tendencia a ser inmediatamente otra cosa; una impaciencia del alma consigo misma, como con un niño importuno; un desasosiego siempre creciente y siempre igual”.
Como hicieran de manera común los cristianos en busca de iluminación en los siglos oscuros del medioevo así he abierto al azar por tres veces, cual evangelios dispuestos a otorgarme una divina revelación, el “Libro del desasosiego” tras dar por terminada su exigente y sórdida lectura. Y así, por sorteo, como suelen llevarse a efecto las injusticias, acierto a compartir que en esta radicalidad exhaustiva de sentimiento compartido -aunque no es probable que sea ese sentir el término que gustara …
"Hay metáforas que son más reales que la gente que anda por la calle”. “Todo hombre de hoy en quien la estatura moral y el relieve intelectual no sean de pigmeo o de paleto, ama, cuando ama, con amor romántico”. “Todo en mí es la tendencia a ser inmediatamente otra cosa; una impaciencia del alma consigo misma, como con un niño importuno; un desasosiego siempre creciente y siempre igual”.
Como hicieran de manera común los cristianos en busca de iluminación en los siglos oscuros del medioevo así he abierto al azar por tres veces, cual evangelios dispuestos a otorgarme una divina revelación, el “Libro del desasosiego” tras dar por terminada su exigente y sórdida lectura. Y así, por sorteo, como suelen llevarse a efecto las injusticias, acierto a compartir que en esta radicalidad exhaustiva de sentimiento compartido -aunque no es probable que sea ese sentir el término que gustara emplear a Pessoa- reside tanto la grandeza como la dificultad y la limitación de esta obra magna, de toda una vida, que en virtud de su complejidad estructural y de no llegar a ser terminada por el propio autor a pesar de los más de veinte años que invirtió no puedo ver la luz incompleta hasta pasados casi cincuenta años de la muerte del poeta portugués.
“El libro del desasosiego” es un vaciado personal, un mostrar el alma en lo más sincero y cáustico, un trabajo de deconstrucción de uno mismo con sus incoherencias y la incomodidad profunda y dolorida de sentir, tan sólo, no sentir: “me considero feliz por no tener ya parientes" comenta en uno de los más tristes párrafos que he tenido entre mis manos lectoras. "No me veo así en la obligación, que inevitablemente me pesaría, de tener que amar a alguien”. Para después, desde una humana distancia, acierte a escribir: “la única actitud intelectual digna de una criatura superior es la de una tranquila y fría compasión por todo cuanto no es él mismo. No es que esa actitud tenga el menor carácter de justa y verdadera, pero es tan envidiable que es preciso tenerla”.
Decía Borges con una simplicidad cierta aquello de que “quizá haya enemigos de mis opiniones, pero yo mismo, si espero un rato, puedo ser también enemigo de mis opiniones”. Esta verdad evidente para quien razona sin temor a llevarse la contraria y que secuencia la enemistad en un espacio tan breve como un rato, es paradigma en un libro redactado desde lo más hondo de las entrañas a lo largo de toda una existencia, más aún cuando, en el ejercicio de una personalidad desdoblada como Pessoa, acostumbrado a cambiarse de piel, de voz y casi de sentir con un habitual gesto de usar heterónimos -tal y como sucede en el libro que nos ocupa, donde toma el nombre de un inexistente Bernardo Soares- e incluso a escribir críticas poco benévolas sobre sus propias creaciones. La obra inconclusa aparece cincelada por una amalgama de ideas, convulsas, en ocasiones reiterativas o poco definidas, pero de una intimidad y vaciado que duelen a cada paso, como el arrancarse la piel a tiras. Y más allá de la falta evidente de un pensamiento razonado y estructurado (importancia crucial de una edición pulcra donde se reflejen como en un cristalino estanque las dudas, incorporaciones y posibles cambios pensados por el autor durante su elaboración) nos queda la vida, el maravilloso verter de un escritor excelso por momentos, irrepetible en otros... desnudo siempre, y que no decepciona ni abriendo al azar cualquier página de la obra que nos ocupa.
Pessoa no pudo casarse, quizá nadie optó por aguantar a un ser incapaz de amar o sentir por encima de la lógica, y recuerdo en estas la máxima de Schopenhauer: “la soledad es la suerte de todos los espíritus excelentes”, tal vez lanzada como introspectiva de sí mismo, y esa misma introspección, más allá de su excelencia, necesito afirmarla sin reservas respecto al espíritu único de Pessoa.

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