Patricia_Millan reseñó La guerra de Otto Dix
La guerra, de Otto Dix
4 estrellas
Me gustó mucho una reseña de una revista de arte en la que, en referencia a Otto Dix, comentaba que, como otros tantos —locos, esto lo añado yo— se alistaron voluntariamente en la Primera Guerra Mundial, tuvieron la suerte de regresar vivos y, de regalo, se trajeron unos cuantos traumas. Dix, más que traumas, podríamos decir que trajo consigo una visión de lo que es una guerra muy real pero poco alineada con los intereses políticos: frente a quienes, a pesar de no rebatir su dureza, loaban la entrega de soldados y aliados, el honor que supone luchar por tu patria y esos discursos tan de película de indios y vaqueros —desde el punto de vista de los vaqueros, claro—, Dix contrapuso a través de 50 aguafuertes la cruda realidad, la desolación sin honor, esos hechos que nadie quiere ver en realidad: muertes, mutilaciones, torturas y horrores que no deshumanizan …
Me gustó mucho una reseña de una revista de arte en la que, en referencia a Otto Dix, comentaba que, como otros tantos —locos, esto lo añado yo— se alistaron voluntariamente en la Primera Guerra Mundial, tuvieron la suerte de regresar vivos y, de regalo, se trajeron unos cuantos traumas. Dix, más que traumas, podríamos decir que trajo consigo una visión de lo que es una guerra muy real pero poco alineada con los intereses políticos: frente a quienes, a pesar de no rebatir su dureza, loaban la entrega de soldados y aliados, el honor que supone luchar por tu patria y esos discursos tan de película de indios y vaqueros —desde el punto de vista de los vaqueros, claro—, Dix contrapuso a través de 50 aguafuertes la cruda realidad, la desolación sin honor, esos hechos que nadie quiere ver en realidad: muertes, mutilaciones, torturas y horrores que no deshumanizan como especie y que algunos pretenden justificar en pos de un bien mayor. Sangre y vísceras frente a demagogia. Dix volcó en estas obras que nos trae la editorial Dirección Unica todos sus traumas y horrores. Esto le sirvió para estar en el punto de mira de los nacionalsocialistas, tener que semi exiliarse dentro de su propio país o, al menos, pasar lo más inadvertido que fuera posible y engrosar la lista de los 112 artistas que el gobierno nazi consideró creadores del Arte degenerado, que viene siendo arte moderno, vanguardista, abominable, “no alemán”, “judío” y digno de burla, al punto que hasta se organizaban exposiciones para reírse de él. A día de hoy, creo que fue un honor compartir paredes con Paul Klee, Wassily Kandinsky o Oskar Kokoschka, pero en aquel momento fue durísimo vivir lo que vivió Dix. Y este pequeño gran librito lo ilustra a la perfeccion