Los sudores fríos y los ataques de pánico operan como mi despertador personal desde hace poco más de una semana. El día se reinicia con un estallido nervioso similar a una caída sin movimiento, arrancándome de una pesadilla nocturna para transportarme a hostias a una diurna. La cama está empapada de sudor y el corazón cabalga sobre el pecho. Ni siquiera una ducha fría es capaz de calmar los nervios.
«¿Qué cojones estoy haciendo con mi vida?»
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