Erudición, biología evolutiva y droga dura
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Imagina que un día, dándote un paseo por la casa del pueblo de tu madre, te encuentras con unas rocas repletas de fósiles y, lo más raro de todo, estos fósiles no son conchas, no son huesos y no son impresiones de animales completos ya descritos por la ciencia. No. Son claramente fósiles, pero no sabes interpretarlo. Esto es exactamente lo que le ocurrió en 1909 a Charles Doolittle Walcott, el entonces secretario de la Instituto Smithsonian, de prospección por la Columbia Británica canadiense, en un lugar llamado Burgess Shale. Y ahora imagina lo siguiente. Tu formación académica te dice que la evolución es un proceso gradual, de evolución lenta y progresiva, y direccional hacia una mayor complejidad ¿Qué harías si estuvieras en el lugar de Walcott? Pues, seguramente, cometer el error que cometió él y que Gould denominó "el calzador de Walcott" (shoehorning): encajar todos los fósiles que encontró …
Imagina que un día, dándote un paseo por la casa del pueblo de tu madre, te encuentras con unas rocas repletas de fósiles y, lo más raro de todo, estos fósiles no son conchas, no son huesos y no son impresiones de animales completos ya descritos por la ciencia. No. Son claramente fósiles, pero no sabes interpretarlo. Esto es exactamente lo que le ocurrió en 1909 a Charles Doolittle Walcott, el entonces secretario de la Instituto Smithsonian, de prospección por la Columbia Británica canadiense, en un lugar llamado Burgess Shale. Y ahora imagina lo siguiente. Tu formación académica te dice que la evolución es un proceso gradual, de evolución lenta y progresiva, y direccional hacia una mayor complejidad ¿Qué harías si estuvieras en el lugar de Walcott? Pues, seguramente, cometer el error que cometió él y que Gould denominó "el calzador de Walcott" (shoehorning): encajar todos los fósiles que encontró en los grupos taxonómicos ya conocidos.
No fue hasta la década de 1960 que un equipo de la Universidad de Cambridge liderado por Harry B. Whittington, junto a sus discípulos Simon Conway Morris y Derek Briggs, emprendió una revisión sistemática de la fauna de Burgess Shale. En realidad todos aquellos organismos habían conservado durante el proceso tafonómico todas sus partes blandas, además de aquellas duras que podían fosilizar. Por lo tanto ya estábamos ante un yacimiento escepcional. Los estratos donde se hallaban los fósiles se fecharon aproximadamente en unos 530 millones de años. La reinterpretación realizada por estos autores, y narrada por Gould, nos muestra que los diseños anatómicos de estos organismos eran radicalmente distintos de los que conocíamos. Géneros como Opabinia (con sus cinco ojos y su trompa frontal), Hallucigenia (cuyo nombre evoca la extraña reconstrucción que Walcott hizo del organismo), Anomalocaris (un enorme depredador que Walcott clasificó como tres animales distintos: clasificó los apéndices, el aparato mandibular y un segmento cada uno como un animal distinto) o Wiwaxia representaban, en opinión de Gould nuevos linajes evolutivos (phyla) con planes corporales (bauplanes) distintos de los organismos actuales. Gould lo cuenta así:"lo que allí se había encontrado correspondía a diseños anatómicos completamente desconocidos. Nada parecía encajar con los grupos taxonómicos establecidos hasta aquel momento". Solamente cuatro de aquellos grupos animales (los antepasados de artrópodos, moluscos, anélidos y cordados) tuvieron éxito evolutivo y sobrevivieron hasta el presente. El resto, la inmensa mayoría, se extinguieron. Entre los supervivientes estaba un pequeño animal de unos cinco centímetros que Walcott había clasificado como un gusano: Pikaia gracilens. Cuando Conway Morris lo reexaminó en 1979, llegó a la conclusión de que era, en realidad, el primer cordado conocido, el "eslabón perdido" que conectaba la fauna de Burgess Shale con la evolución de los vertebrados.
Estamos, entonces, ante una de las evidencias más fuertes que presentó Gould a lo largo de su dilatada carrera como divulgador sobre una de sus tesis centrales: la evolución entendida de forma gradual y progresiva no explica correctamente las evidencias del registro fósil. La típica imagen de la evolución entendida como un árbol, con una base (baja biodiversidad y complejidad) y una cúspide de ramas (alta biodiversidad y complejidad), no es cierta. La explosión, y posterior extinción, de la mayor parte de la fauna cámbrica implica que la complejidad y la biodiversidad no tienen una tendencia. De hecho, Gould propone una imagen alternativa: en lugar del árbol (o un cono invertido) que se expande hacia arriba, podríamos interpretar la evolución como un cono “de base pesada” (un cono normal, vaya). La máxima biodiversidad de bauplanes se habría producido en el Cámbrico (del orden de 40 o 50 tipos distintos de animales) y esta diversidad habría disminuido con el tiempo. Si extendemos esta interpretación en el tiempo lo que vemos son fases de biodiversidad explosivas, seguidas de fases de “diezamado” de la misma que vendría dada, no por la “supervivencia de los más aptos” sino por un proceso estocástico guiado por las extinciones en masa.
En este sentido, Gould propone que nos hagamos un experimento mental: “la cinta de la vida”. Vamos a realizar la cita completa porque merece la pena:
Llamo a este experimento «volver a tocar la cinta magnetofónica de la vida». Usted aprieta el botón de rebobinar y, asegurándose de que borra por completo todo lo que realmente sucedió, retrocede hasta cualquier tiempo y época en el pasado (por ejemplo, los mares de Burgess Shale). Después deja que la cinta avance de nuevo y observa si la repetición se parece en algo al original. Si cada nueva imagen o sonido se parece mucho a la senda real de la vida, entonces hemos de llegar a la conclusión de que lo que ocurrió es exactamente lo que tenía que ocurrir. Pero suponga que las versiones experimentales dan todas resultados sensibles asombrosamente distintos a la historia de la vida tal como la conocemos. ¿Qué podríamos entonces decir acerca de la predictibilidad de la inteligencia autoconsciente? ¿O de los mamíferos? ¿O de los vertebrados? ¿O de la vida de la tierra? ¿O, simplemente, de la persistencia de los seres pluricelulares a lo largo de 600 millones de difíciles años?
La contingencia es el motor de la historia. La contingencia no implica aleatoriedad, sino precisamente restricción de los escenarios posibles debidos a un pasado históricamente relevante en la evolución. Todo el mundo entiende que las especies que se extinguieron durante los cataclismos de finales del cretácico (meteorito y megaerupciones volcánicas mediante) no lo hicieron por estar peor adaptadas. Sobrevivir en esas circunstancias es cuestión de suerte. Y, posteriormente, la evolución “trabaja” a partir de lo que queda. Por tanto es esencial distnguir contingencia y aleatoriedad.
No estoy hablando de aleatoriedad (pues E tenía que surgir, como consecuencia del paso de A a D), sino del principio fundamental de toda historia: contingencia. Una explicación histórica no descansa sobre deducciones directas de las leyes de la naturaleza, sino sobre una secuencia impredecible de estados antecedentes, en la que cualquier cambio importante en cualquier paso de la secuencia habría alterado el resultado final. Por lo tanto, este estado final depende, o es contingente, de todo lo que ocurrió antes: la imborrable y determinante rúbrica de la historia. La conclusión es obvia y notable a partes iguales: el ser humano no estaba “destinado” a surgir en la evolución. Si Pikaia no hubiera sobrevivido a los cataclismo que siguieron al Cámbrico, los cordados (y por tanto los vertebrados) no habrían existido. Así que también podemos decirle adiós a otra de las grandes iconografías derivadas de la interpretación de la obra de Darwin: la escala del ser.
Una derivada de la visión “arbolada” de la evolución es pensar que, desde el mono al ser humano hay una línea de continuidad entre ambos y que, por tanto, “descendemos de los monos”. Esta visión propia del gradualismo filético no es cierta. Los chimpancés pigmeos, los chimpancés, los orangutanes, lo gorilas y los seres humanos tenemos un antepasado común que vivió hace unos 7 millones de años. En el camino se han quedado muchas especies relacionadas con las 5 especies de grandes simios que han llegado hasta hoy y otras tantas sin emparentar directamente. La imagen correcta no es una “escalera del ser” hacia la perfección humana, sino que la vida en nuestro planeta se parece más a un seto recortado por la contingencia. Las múltiples ramas y hojas que podemos ver hoy en día en ese “seto evolutivo” están a la misma altura, en importancia, adaptabilidad, ecología, etc. y han llegado hasta aquí, en muchos casos, debido a la contingencia.
En el libro además, de forma colateral, se tratan otros temas: I) la fauna de ediacara, como una especie de “previa” a la explosión cámbrica reflejada en Burgess Shale; II) la fauna del Tommotiense, que emerge casi en paralelo a la fauna cámbrica; III) una extensa biografía de Walcott.